Cuánta soledad...
...herencia de nuestra estancia en Nunca Jamás. Cuánto la echo de menos, perdido en el ajetreo de mi cautividad. No supe cómo decirle adiós mientras su coche se alejaba al amanecer. Yo, igual de torpe, buscaba mi norte a través de una amante irreal, de un mar en el que dejar de llorar, de alguien a quien admirar mientras confundía amistad con querer. ¿Cómo buscar su ternura después del huracán? ¿Cómo pedirle que reconstruyera su corazón? Cuando anochezca en la playa, que su recuerdo permanezca en mí, para que al volvernos a encontrar, sin miedo a la traición, me diga que sí, que será mi hogar.



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